La mayoría de las personas, después de cumplir treinta años, comienzan a darse cuenta de que esas pequeñas ataduras entre el sexo opuesto realmente no tienen mucho sentido. Después de haber tenido relaciones, de haber visto a través de los corazones, esas tensiones ambiguas impulsadas por el instinto, ya son lo suficientemente aburridas como para no querer lidiar con ellas. Ya sea con cálculos egoístas y grasos, o disfrazados con una apariencia brillante y falsa, además de esa sensación de novedad que no vale la pena, todo ello es un gasto de energía innecesario, que no despierta ningún interés.

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