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Conozco a un amigo de Hangzhou que lleva ya diez años metido en este mundillo. En su día, entró con 120.000, y ahora el saldo de su cuenta supera los 68 millones.
Tiene 46 años y su vida no es muy distinta a la de cualquier ciudadano: vive de alquiler en un piso antiguo de dos habitaciones, recorre la ciudad en bicicleta compartida y los fines de semana va al mercado temprano a comprar verduras y regatear con las señoras mayores. Me dice que este estilo de vida, tan conectado a la realidad, le ayuda a mantenerse lúcido y con los pies en la tierra.
Multiplicar así su patrimonio no ha sido cuestión de información privilegiada ni de pura suerte. Tiene unas cuantas reglas de oro que ha seguido a rajatabla durante todos estos años:
**Entender el ritmo de los grandes jugadores**
¿El precio sube rápido pero las caídas son lentas y desesperantes? Eso es acumulación de posiciones. Cuando veas ese movimiento, no te dejes asustar por pequeñas oscilaciones. Tras un desplome, si el rebote es flojo, probablemente los grandes capitales están retirándose; intentar comprar el suelo en ese momento es hacer de salvavidas para otros.
**El volumen nunca miente**
Un gran volumen en máximos no siempre significa el final; puede ser solo un cambio de manos. Pero si el precio cae con poco volumen, cuidado, el mercado se enfría. Si en el fondo solo hay una subida puntual de volumen, suele ser una trampa; hace falta ver varias oleadas para que entren de verdad los grandes capitales.
**La técnica es menos importante que la psicología**
No te fíes demasiado de indicadores sofisticados. Al final, el mercado es un juego de personas, y el volumen es lo único que nunca miente: refleja las emociones.
**La “paciencia” es lo más difícil de aprender**
No apegarse, no ser codicioso, no temer perder oportunidades. Solo quien es capaz de esperar en liquidez y no entrar por entrar, merece cazar las grandes oportunidades. Tener el “dedo inquieto” es el mayor defecto de los minoristas: quien no controla sus impulsos, no controla su dinero.
En este mundillo, el mayor enemigo no es el mercado ni los grandes jugadores, sino tu propia avaricia. Las oportunidades aparecen todos los días, pero solo quienes mantienen la calma, gestionan bien su posición y aguantan la soledad logran reír los últimos.